Esta semana, una reflexión me hizo ¡boom!
Esta semana, una situación con una personita muy cercana a mí me hizo reflexionar mucho sobre algo: nuestros hijos nos están viendo. Están aprendiendo de nosotros, incluso cuando no nos damos cuenta.
Y me pregunté:
¿Qué les estamos reflejando?
¿Les estamos heredando buenos hábitos? ¿Una relación sana con la comida? ¿Una forma de cuidar de sí mismos desde el amor y no desde la exigencia?
Creo que esto es tan importante como procurarles una buena educación, que aprendan otro idioma, que toquen un instrumento o que tengan las mejores oportunidades posibles. Al final, como papás, queremos darles lo mejor.
Y sí, les compramos buenos alimentos, buscamos las opciones más saludables, procuramos una alimentación casera, variada y equilibrada. A veces, hasta hacemos un esfuerzo enorme por organizar las comidas y dedicar tiempo a cocinar.
Pero ¿es suficiente?
Tal vez no.
Porque, aunque nos esforcemos por ofrecerles lo mejor, también les estamos enseñando algo a través de nuestra propia relación con la comida.
La mejor manera de ayudarles a construir una relación sana con los alimentos es empezar por nosotros mismos. Por nuestros hábitos, sí, pero también por la forma en que pensamos, hablamos y sentimos acerca de lo que comemos.
Y es que lo sabemos, ¿no? Pero la pregunta es: ¿realmente lo llevamos a la práctica?
Y, más importante aún, ¿desde dónde lo hacemos?
¿Desde el deber ser, la culpa, la obligación o la imposición? ¿Desde la idea de que tenemos que comer bien porque hay que hacerlo?
¿O podemos empezar a hacerlo desde el gusto y el disfrute?
Elegir una ensalada porque me nutre, porque me hace bien, porque la preparé con esmero y porque sabe rica. No porque me la tengo que comer, porque me porté mal o porque necesito compensar algo.
¡Qué diferente es el mensaje!
Esta semana, el tema de las conductas alimentarias de riesgo y la restricción de alimentos en una niña me movió especialmente. Me hizo detenerme y mirar más allá del plato.
Porque sí, una situación así tiene un contexto complejo y muchos factores pueden influir en ella. No podemos reducirla a los hábitos familiares ni responsabilizar a los papás de todo lo que sucede.
Pero sí podemos aprovechar la oportunidad para reflexionar.
¿Qué mensaje les estoy dejando a mis hijos?
¿Qué ideas, sentimientos y creencias acerca de la comida están aprendiendo de mí?
Porque no se trata solamente de los alimentos que les ofrezco hoy, de qué tan saludable es su lunch o de cuántas verduras comen.
Se trata también de la cultura alimentaria que construimos en casa. De si hablamos de alimentos buenos y malos, de si sentimos culpa al comer, de si nos castigamos por disfrutar algo o de si podemos comer con tranquilidad, escuchando nuestras necesidades y disfrutando lo que nos gusta.
Al final, no solo les estamos enseñando a comer.
Les estamos enseñando cómo relacionarse con la comida y, de alguna manera, cómo cuidar de sí mismos.
Y quizá, en medio de todas las cosas que queremos hacer bien como papás, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:
¿Qué quiero que mis hijos aprendan de mi relación con la comida?
Gracias por leerme.
Martha ❣️

